No sabía qué ponerme, y me puse feliz

En esos días en los que te levantas tarde, abres el armario y nada te motiva, el sueño en forma de legañas te acompañan hasta que el agua fría del lavabo toca tu rostro y te devuelve a la dura realidad de que son las 6 de la mañana y el día te espera.

Sales corriendo de casa con dos galletas en la mano, la tartera, el bolso, el paraguas, el abrigo y la bufanda. Los tacones suenan con fuerza mientras bajas la escalera que todavía duerme. La calle fría, el suelo mojado y los edificios silenciosos te llevan hasta la parada del autobús, donde otras almas, aún medio dormidas, esperan a las 8:52 para subirse al transporte que les acercará a sus destinos.

En los minutos siguientes se suceden alguna que otra cabezada inevitable y momentos compartidos con extraños que día a día se van haciendo familiares. La mujer de pelo rubio y liso que viste elegante su abrigo de piel negro, las dos chicas jóvenes con bolsos grandes que siempre llegan juntas y hablan poco, la chica rubia que se escribe por el móvil con un tal “Alberto” y sonríe como cuando teníamos 15 años y el chico que nos gustaba nos enviaba un mensaje… me gusta viajar con ellos y, entre cabezada y cabezada, imaginar sus mundos, sus aventuras, sus destinos, sus alegrías… algunos días echo de menos a gente y entonces pienso “ se habrá dormido o estará enfermo”. Me pregunto si se darán cuenta de mi ausencia el día que yo no vaya. Quién sabe, a lo mejor sí y en ese momento ya formaré parte de esa pequeña “familia” de viaje para otro persona… Pero eso forma parte de la historia de otra persona.

Hay días normales en los que parece que no ocurre nada extraordinario, más que viajar durante una hora para llegar a mi destino: “Próxima estación, Santiago Bernabéu”.  Sin embargo, algunos días, quizás en los que estoy más atenta o con la imaginación más despierta, ocurren cosas maravillosas como esta…

Erase una vez…

Erase una vez una chica que apoyaba su cabeza en el cristal de un vagón de metro dirección Vicálvaro. Era viernes por la tarde y, cansada de toda la semana, le otorgaba a sus párpados la tregua de cerrarse de vez en cuando. Ajena a lo que ocurría a su alrededor estaba perdiéndose, sin saberlo, lo que vería a continuación.

Levantó la mirada como si una fuerza exterior se lo pidiera y allí estaban esas manos. Dos ancianas manos arrugadas con sus dedos entrelazados. Las manos de ella, blanquecinas y con un anillo, mostraban su avanzada edad y su estado civil. Las manos de él, gruesas y algo escamadas por el frío dejaban imaginar años de trabajo realizados con ellas.  Tanta pasión y sentimiento anidaba en sus caricias que la chica subió su mirada para encontrarse con las de aquellos extraños, que en un instante ya le resultaban “familiares”. Los azulados ojos de la anciana miraron a la muchacha que atónita apenas respiraba por no perturbar el momento que estaba viviendo. Él miraba a su esposa con la devoción que los griegos contemplaban a sus dioses. Ella acariciaba la cara de su marido con la suavidad y la ternura que se acaricia algo que no se quiere romper. Se miraban desde dentro, profundamente, como si en ese mismo instante pudiera acabar todo o empezar de nuevo. Se miraban como muchas parejas dejan de mirarse. Se miraban de verdad.

Y en ese preciso instante, la chica se dio cuenta de algo que todos sabemos pero que a veces olvidamos: el tiempo pasa para todos. La vitalidad e ingenuidad que tenemos por ser jóvenes se cambiará algún día por la experiencia de lo vivido. Y ahí está la gran pregunta: “¿cómo quiero vivir mi vida y qué quiero recordar cuando algún día, anciana y arrugada por la experiencia, eché la vista atrás?”

Durante unos segundos siguió contemplando la escena de amor que el destino la había regalado y sus ojos comenzaron a ponerse vidriosos. Todavía hoy no sabe porqué ocurrió eso. Sólo sabe que no importa no saber qué ponerse cada día porque lo único que realmente merece la pena es “ponerse feliz”. Lo único que de verdad importa es con quién llegues a la última estación y quién agarre tus manos con ternura.

Os dejo un poema del gran Jorge Luis Borges para empezar bien la semana, aferrándonos a la vida con uñas y dientes y, anteponiendo a todo, nuestra felicidad.

Ponte Féliz

Ponte Féliz

Atención! Esta es la magía de Internet y de los blogs… que están vivos! No son textos estáticos sino que entre todos podemos construirlos… después de publicar esta entrada me llegó un mensaje muy especial con una foto. Para mi ha sido un gran regalo y como me han dado permiso para publicarla, aquí la tenéis. Es un pequeño homenaje a dos personas especiales que llegaron juntos y de la mano a la última estación. Dos personas que se amaron, compartieron y educaron a una familia que quiero y admiro.

Si te ha pasado algo leyendo estas líneas y quieres compartirlo, sería un gran placer conocer tu historia.

Manos especiales

Manos especiales

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