Cuando atarse a alguien tiene un significado bello

“Estar atados” a algo o a alguien normalmente no es positivo. Tiene connotaciones de dependencia. Sin embargo, hay gente, que sin ser dependiente, se ata en cuerpo y alma a otras personas para ayudarlas, para dar significado a sus vidas y de paso a la suya propia.

No quiero seguir escribiendo sin antes pediros que le dediquéis 10 minutos, sólo 10 minutos, a este cortometraje, ganador de premios de animación y conquistador de mi corazón desde hace unos minutos. Si tenéis tiempo, sentaos, dejad por un instante todo lo que ocupe vuestro tiempo y  mente y entregaos a este regalo visual, a esta experiencia… luego seguimos.

¿Y?, ¿Lo habeís visto? o debería preguntar si lo habéis sentido. Sé que muchos de los que lean esto, sobre todo personas valientes que conocí hace poco, van a entender este cortometraje porque, por suerte o por desgracia, todos hemos vivido en algún momento escenas parecidas o hubiéramos deseado hacerlo. Me refiero al hecho de recibir la solidaridad de la gente, y no por pena sino por amor o por amistad.  Me refiero al hecho de recibir cariño sin esperar nada a cambio, de encontrarte con gente maravillosa que está ahí simplemente para mejorarte la vida. Los que no lo hemos tenido fácil sabemos lo que se siente cuando alguien te ayuda.

Hago una llamada, por un instante, a que todos nos convirtamos en María. En esa niña que podría jugar con niñas como ella, que podría saltar a la comba o correr detrás de una pelota y, que sin embargo, piensa en otra persona más que en ella misma. Existe mucha gente así. Muchas personas buenas. Y menos mal… sino, no tendría nada sentido.

Sólo quería dejaros esta reflexión y este corto que me ha emocionado. Que tengáis todos un buen día y, si podemos, juguemos todos a ser María. Estoy segura de que “ayudar a los demás” es adictivo pero existe una inexplicable falta de costumbre.

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No sabía qué ponerme, y me puse feliz

En esos días en los que te levantas tarde, abres el armario y nada te motiva, el sueño en forma de legañas te acompañan hasta que el agua fría del lavabo toca tu rostro y te devuelve a la dura realidad de que son las 6 de la mañana y el día te espera.

Sales corriendo de casa con dos galletas en la mano, la tartera, el bolso, el paraguas, el abrigo y la bufanda. Los tacones suenan con fuerza mientras bajas la escalera que todavía duerme. La calle fría, el suelo mojado y los edificios silenciosos te llevan hasta la parada del autobús, donde otras almas, aún medio dormidas, esperan a las 8:52 para subirse al transporte que les acercará a sus destinos.

En los minutos siguientes se suceden alguna que otra cabezada inevitable y momentos compartidos con extraños que día a día se van haciendo familiares. La mujer de pelo rubio y liso que viste elegante su abrigo de piel negro, las dos chicas jóvenes con bolsos grandes que siempre llegan juntas y hablan poco, la chica rubia que se escribe por el móvil con un tal “Alberto” y sonríe como cuando teníamos 15 años y el chico que nos gustaba nos enviaba un mensaje… me gusta viajar con ellos y, entre cabezada y cabezada, imaginar sus mundos, sus aventuras, sus destinos, sus alegrías… algunos días echo de menos a gente y entonces pienso “ se habrá dormido o estará enfermo”. Me pregunto si se darán cuenta de mi ausencia el día que yo no vaya. Quién sabe, a lo mejor sí y en ese momento ya formaré parte de esa pequeña “familia” de viaje para otro persona… Pero eso forma parte de la historia de otra persona.

Hay días normales en los que parece que no ocurre nada extraordinario, más que viajar durante una hora para llegar a mi destino: “Próxima estación, Santiago Bernabéu”.  Sin embargo, algunos días, quizás en los que estoy más atenta o con la imaginación más despierta, ocurren cosas maravillosas como esta…

Erase una vez…

Erase una vez una chica que apoyaba su cabeza en el cristal de un vagón de metro dirección Vicálvaro. Era viernes por la tarde y, cansada de toda la semana, le otorgaba a sus párpados la tregua de cerrarse de vez en cuando. Ajena a lo que ocurría a su alrededor estaba perdiéndose, sin saberlo, lo que vería a continuación.

Levantó la mirada como si una fuerza exterior se lo pidiera y allí estaban esas manos. Dos ancianas manos arrugadas con sus dedos entrelazados. Las manos de ella, blanquecinas y con un anillo, mostraban su avanzada edad y su estado civil. Las manos de él, gruesas y algo escamadas por el frío dejaban imaginar años de trabajo realizados con ellas.  Tanta pasión y sentimiento anidaba en sus caricias que la chica subió su mirada para encontrarse con las de aquellos extraños, que en un instante ya le resultaban “familiares”. Los azulados ojos de la anciana miraron a la muchacha que atónita apenas respiraba por no perturbar el momento que estaba viviendo. Él miraba a su esposa con la devoción que los griegos contemplaban a sus dioses. Ella acariciaba la cara de su marido con la suavidad y la ternura que se acaricia algo que no se quiere romper. Se miraban desde dentro, profundamente, como si en ese mismo instante pudiera acabar todo o empezar de nuevo. Se miraban como muchas parejas dejan de mirarse. Se miraban de verdad.

Y en ese preciso instante, la chica se dio cuenta de algo que todos sabemos pero que a veces olvidamos: el tiempo pasa para todos. La vitalidad e ingenuidad que tenemos por ser jóvenes se cambiará algún día por la experiencia de lo vivido. Y ahí está la gran pregunta: “¿cómo quiero vivir mi vida y qué quiero recordar cuando algún día, anciana y arrugada por la experiencia, eché la vista atrás?”

Durante unos segundos siguió contemplando la escena de amor que el destino la había regalado y sus ojos comenzaron a ponerse vidriosos. Todavía hoy no sabe porqué ocurrió eso. Sólo sabe que no importa no saber qué ponerse cada día porque lo único que realmente merece la pena es “ponerse feliz”. Lo único que de verdad importa es con quién llegues a la última estación y quién agarre tus manos con ternura.

Os dejo un poema del gran Jorge Luis Borges para empezar bien la semana, aferrándonos a la vida con uñas y dientes y, anteponiendo a todo, nuestra felicidad.

Ponte Féliz

Ponte Féliz

Atención! Esta es la magía de Internet y de los blogs… que están vivos! No son textos estáticos sino que entre todos podemos construirlos… después de publicar esta entrada me llegó un mensaje muy especial con una foto. Para mi ha sido un gran regalo y como me han dado permiso para publicarla, aquí la tenéis. Es un pequeño homenaje a dos personas especiales que llegaron juntos y de la mano a la última estación. Dos personas que se amaron, compartieron y educaron a una familia que quiero y admiro.

Si te ha pasado algo leyendo estas líneas y quieres compartirlo, sería un gran placer conocer tu historia.

Manos especiales

Manos especiales

Personas valientes

Este será tu año“, le decía la madre a la niña cada 1 de enero, justo después de las uvas, entre abrazos y lágrimas de emoción dándo la bienvenida al nuevo año. Mirando siempre hacía delante como si lo venidero fuera a ser mejor que lo pasado. Y en el fondo no importaba que fuera mejor o peor sino la manera en la que ella iba aprendiendo poco a poco a enfrentarse a lo que viniera. Y de esta forma le enseñó la madre a vivir a su hija. Y así, fue creciendo y tomando decisiones con el miedo que conlleva equivocarse y, al fin y al cabo, siendo valiente sin saberlo. Lo más maravilloso de todo ocurrió cuando la niña se dió cuenta  de la gran cantidad de personas valientes que la rodeaban. Y hoy  son ellos los protagonistas de la historia.

Érase una vez…

Érase una vez un grupo de personas valientes. Pero, ¿por qué eran valientes? os preguntaréis. Dejarme que os cuente algo. Es fácil vivir la vida cuando pasas por ella sin pena ni gloria; cuando los problemas apenas te tocan; cuando creces sin conocer el dolor o el sufrimiento. Y pensaréis: “todo el mundo tiene problemas y todo el mundo sufre”. Es posible, pero unos más que otros.

En cualquier caso, esta historia no va sobre el sufrimiento ni es una competición sobre quién lo ha pasado peor, ¡al contrario! Es un homenaje a personas valientes que se han enfretado a las adversidades y han sacado lo mejor de ellos mismos. Y por favor, no caigamos en la demagogia de extraer de mis palabras la idea de que “solo el que sufre es valiente, y solo el valiente es bondadoso”. Sigamos la historia, porque trata de otra cosa.

Este grupo de personas se reúne todas las semanas. Y da gusto llegar a un sitio donde la gente no  juzga, donde los intereses se comparten, donde no existe competitividad sino generosidad y ayuda altruista. Un grupo de personas sanas de mente, de corazón y, ¿por qué no? de alma.

Imaginaos una clase en la que se puede opinar sin que nadie te señale. En la que se puede hablar de la idea de un compañero durante 20 minutos sin que nadie piense “¿ y sobre mi idea cuando hablamos?”. Una clase en la que todo el mundo se regale consejos. Se REGALEN consejos… hermosa palabra en un tiempo en el que nadie da nada gratis.

Pero ahora, por un momento, quizás por un iluso o utópico momento, cerremos los ojos e imaginemos no una clase así sino un mundo así. Vale, ¿me he puesto demasiado soñadora verdad? Me hago gracia a mi misma porque estos pensamientos los tenía con 15, 16, 18 años. Después, una oleada de realidad, como si de una bofetada se tratara, me puso los pies en la tierra. Sin embargo, creo que en el fondo, no renuncio a la idea de cambiar las cosas, de encontrar rincones de tolerancia con gente tan especial como la que acabo de conocer, gente que respeta. Y para mi eso es ser valiente. Ser capaz de tolerar y respetar a quien tienes delante sin miedo a perder la identidad. Podría aplicar esto a tantos y tantos y tantos ejemplos que estamos viviendo en la actualidad… (pero eso forma parte de otro cuento…)

Valiente es la persona que le dicen “no puedes” y el responde “¿por qué no?”.

Valiente es la persona que  si tropieza y no cae, da dos pasos hacía delante. Y si cae, se levanta y piensa “yo puedo”.

Valiente es la persona que renace y se reinventa.

Gracias compañeros por los ratos que compartimos los viernes, cansados de la semana, y los sábados, con legañas en los ojos. Y  a los responsables y profesores que hacen posible esta aventura.

Y para vosotros, ¿qué es ser valiente? ¿Quieres contarme alguna anécdota que conozcas de alguna persona valiente? Me encantaría leerte.

El arte de reinventarse

En estos dificiles momentos en los que nos encontramos creo que lo más tedioso es escuchar cada día lo dificil que está todo. Después de mucho tiempo estudiando, trabajando gratis y construyendo sueños hace tres meses decidí empezar de cero y…¡Reinventarme!

Así dicho con signos de exclamación incluídos parece emocionante y divertido pero, ¡ojo! no es fácil.

Pero, ¿Qué es esto de reinventarse?

Pues depende de quién te lo cuente.

Charles Darwin, dijo: “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor responde al cambio”. Y por ahí van los tiros.

Muchos blogueros hablan de este tema, como JaviGRubio, entre otros.

Y los medios también dan muchos consejos de cómo hacerlo.

Incluso algunos psicólogos como Luis Rojas Marcos.

Pero yo voy a intentar contaros mi experiencia

Érase una vez…

Érase una vez una niña que los domingo por la mañana se ponía los tacones de su madre y jugaba a ser una princesa. Construía su castillo, peinaba su cabello, imaginaba a su príncipe y daba vueltas sola por la casa hablando e inventando historias. Poco a poco la niña fue creciendo y, con ella, su espíritu soñador, ¿y por qué no decirlo?, su alma teatrera.

La niñez y la infancia transcurrieron de una manera un tanto especial, pero eso forma parte de otro cuento…

Llegaron los 10, los 15 y los 18 años casi sin darse cuenta. Durante todo ese tiempo la niña estudió teatro y construyó la idea de que algún día sería una gran actriz. Sin embargo, cuando con 18 años tuvo que decidir si estudiar interpretación o no, sus sueños habían pasado a un segundo plano y se convirtieron en un hobby, y al mismo tiempo y con el tiempo, en una espinita clavada.

(Me saltaré todos los años de universidad, estudios, másters, trabajos, examenes y de más momentos tediosos entre libros, apuntes, bibliotecas y alguna que otra fiesta universitaria, porque eso también forma parte de otro cuento…)

Lo importante llega ahora. La niña, ya no tan niña, consiguió trabajar en el apasionante mundo de la televisión. Profesión de la que se había ido enamorando poco a poco. Sin embargo, como nada es perfecto, no tardó en darse cuenta de la inestabilidad del medio y, como muchos millones, de quedarse en paro.

¿Y ahora qué podía hacer?, ¿sentarse a esperar? Podría haberlo hecho pero después de un tiempo de reflexión decidió reinventarse.

Hoy esa niña, no tan niña, ha empezado a trabajar ante el vértigo de enfrentarse a un mundo nuevo y con la sensación de que nada de lo aprendido hasta ahora tiene aplicación. Pero no es cierto, todo suma.

¿Dónde quedaron sus sueños? En lo vivido. En cada escenario, cada ensayo compartido, cada persona que pasó por su vida. Eso está ahí y siempre estará. Ahora es momento de construir nuevos sueños. Enamorarse de lo que uno hace es cuestión de actitud.

Colorin colorado, este cuento sólo ha empezado…

castillo