Quien antes corría y ya no puede, habría querido ir más despacio

No sé cómo pueden despertarme tanta ternura las personas mayores. Supongo que porque en sus miradas veo una extraña mezcla de sabiduría fruto de la experiencia y nostalgia por los años que pasaron o los que quedaron atrás. Porque hacerse mayor significa ir, poco a poco, acercándose al final. Y es curioso, pero creo que la carrera de la vida es la única que no queremos ganar, la única meta que no queremos superar y la única que sabemos con total seguridad que alcanzaremos. Y así de contradictoria es la vida. Nos pasamos el día corriendo por llegar a los sitios, a veces incluso vamos más rápido de lo que deberíamos, preocupados por un montón de cosas que hoy nos parecen trascendentales pero que un día, de pronto, quizás un miércoles cualquiera, te levantes y pienses: ¿y todo aquello… para qué?

Ayer, miércoles precisamente, iba en el metro y me ocurrió algo. Perdonarme que siempre os cuente cosas del metro pero paso allí parte del día y comparto minutos con desconocidos que me regalan historias que contar.

Erase una vez…

En cuanto entre en el vagón el barrido de mi mirada se detuvo en la suya. Después recorrí su rostro arrugado, cansado y con una gran mancha negra a la altura de la nariz y el pómulo izquierdo. Respirada fatigado a pesar de estar sentado. Un traje mal conjuntado con unos zapatos viejos formaban parte de su extraño vestuario, acompañado, eso sí, de tres grandes anillos de oro. Una de sus manos se agarraba temblorosa a la barra, muy cerca de la mía. Es sorprendente como a veces las manos de un desconocido pueden acercarse tanto a las tuyas invadiendo lo que, fuera de aquella barra de metro, pueda parece el espacio íntimo y personal. Sin embargo allí todo vale. Todo se comparte.

manos que se rozan

manos desconocidas compartiendo un espacio

“Ring-ring”. Venía de su bolsillo. Con dificultad sacó un teléfono móvil que se llevó a su oído derecho donde tenía un audífono. Me recordó a mi abuelo. Y ahí la fibra tierna se disparó de golpe. 

Hablaba con alguien que le estaba esperando. Él llegaba tarde y de disculpaba diciendo que había cogido el autobús equivocado y se había perdido. Su cara empezó a tornarse en agobio y entonces pensé: “cuánto habrá corrido en su vida este señor”.

El hombre tenía ganas de hablar pero hay una especie de miedo al desconocido y una burbuja en la que todos nos metemos cuando vamos en el metro, en el autobús o andando por la calle. Es una especie de “me da igual lo que pase a mí alrededor mientras no me afecte”. Y eso no debería ser así porque nos perdemos muchas cosas, a mucha gente, muchas conversaciones interesantes.

          ¿En qué parada estamos? – Preguntó al aire el señor sin esperar respuesta mientras retorcía su cuerpo, estiraba el cuello y entrecerraba los ojos para intentar mirar, por encima de sus gafas, el cartel de la estación.

          Nuevos Ministerios – le respondí.

          Gracias. ¿y hasta tribunal cuantas me quedan?

          Gregorio Marañon, Alonso Martínez y Tribunal, le quedan tres – Le dije

Y en ese momento ocurrió algo muy bonito. Había dicho que el señor tenía ganas de hablar, pero hoy creo que era más necesidad que ganas.

          Llego tarde ¿sabe usted? Yo antes nunca llegaba tarde ni si quiera cuando estaba de novio con mi esposa. Mi esposa… que ya no está conmigo, ¿sabe usted? Se marcho hace tiempo…

En ese momento miró hacía el techo del vagón pero yo sabía que estaba mirando al cielo, como si desde allí su esposa nos estuviera viendo en ese momento. Los ojos se le pusieron vidriosos y los míos estuvieron a punto.

          Yo antes me movía más deprisa. Iba corriendo a todas partes… pero ahora ya no puedo. Ahora llego tarde y no me gusta que me esperen, prefiero esperar yo.

          Esté tranquilo – le dije. Para ese momento ya había conseguido calarme tanto como para conversar con él hasta llegar a tribunal – Seguro que llega bien.

          Si pudiera moverme como antes, pero ya no puedo… no sabe usted lo que yo era, ¡ja! casi un atleta… y ahora mire…

Aquel señor, desconocido y tan familiar al mismo tiempo porque me recordaba a mi abuelo, siguió hablando unos minutos más sobre la esposa que ya no tenía, la juventud que había perdido y la falta de agilidad que le impediría llegar a tiempo a su destino. Todo bien acompasado con mirar varias veces su viejo reloj.

“Próxima estación: tribunal”. En ese momento se levantó del asiento tan rápido como pudo y como si no hubiéramos compartido aquel tiempo se fue sin decirme adiós y sin mirarme. Me dio pena que no nos despidiéramos… le observé cómo se bajó desconcertado del vagón y lentamente se dirigió a la salida. Y ahí me quedé, una vez más absorta en mis pensamientos y preguntándome: cuánto habría corrido aquél hombre y si le habría merecido la pena.

Os dejo con un vídeo que me estremeció cuando lo vi y que cada vez que me lo pongo siento cosas diferentes, me inyecta de unas enormes ganas de comerme el mundo. Literalmente, de comerme el mundo. De disfrutar, sonreír, bailar, dejar de preocuparme y no correr tanto. Y supongo que es así porque está contado desde la anciana mirada de quien ya pasó por todo y aprovecha su experiencia para que nosotros, los jóvenes, disfrutemos de cada oportunidad que nos da la vida. Que lo disfrutéis.

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6 comentarios en “Quien antes corría y ya no puede, habría querido ir más despacio

  1. Este pensamiento me recuerda cuando viajaba diariamente en el metro, me gustaba observar a la gente, mi vida siempre ha ido acelerada, pero era en los momentos en que viajaba en metro, casi una hora diaria, cuando mi cabeza se relajaba y mirando a todos los viajeros yo también veía las vida de los demás o me las inventaba. En esos momentos no corria, me relajaba porque sabía que al bajar en mi estación empezaba de nuevo las carreras de mi vida. Me gustaban mis reflexiones en el metro como veo que haces tú. Era mi momento de dejar de correr, de frenar y relajarme un poco. Gracias por compartir esas reflexiones con nosotros. Me gustan, me gustan mucho.

    • Nos pasan cosas parecidas en la vida y lo bonito es poder compartilas. Me alegro de que hayas recordado aquellos viajes y aquellas sensaciones leyendo lo que escribo. Gracias

  2. Laura que bonita historia¡¡¡¡ Eres una persona tan sensible…y que razón tienes, deberíamos ir un poco mas despacio todos y disfrutar mas de lo que tenemos, pero es inevitable no paramos de correr….
    Me encanta lo que escribes…haces que todo parezca bonito…Bss

  3. Que decirte, realmente la historia me ha conmovido, yo como él he acabado con los ojos vidriosos. Te felicito porque has sabido transmitirme lo que tu misma has sentido.

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