SENTIR como forma de vida

Durante dos o tres segundos contienes la respiración. Sueltas el aire y vuelves a cogerlo. Algunos saltan, otros gritan, otros meditan, otros sueltan el cuerpo, la voz, repasan el texto… Sabes que estás a punto de construir y regalar un momento único. Algo mágico. Un paso al frente y, 3, 2, 1. El traje que llevas todos los días queda colgado en el aire, como suspendido. Y mientras te alejas parece que le escuchas decirte “vete, pero vuelve”.

No sé responder exactamente a eso de “¿el actor nace o se hace?” Y supongo que en hay parte de las dos cosas. Pero más allá de ser o no ser, de hacerse o no hacerse, creo que la clave está en SENTIR. Quien siente “es o se ha hecho”. Y punto. Y me da igual que venga de la escuela más cara y prestigiosa del mundo o de una escuela de barrio, no importa si lleva 40 años o dos meses. Si siente y transmite, “es actor”. Y no hay otro fin. Intentaría poner en palabras de lo que os estoy hablando pero es una sensación inexplicable sale de un lugar inconcreto, imperceptible, desconocido y aflora por todos los poros de nuestro cuerpo, desde la mente al corazón y del corazón a la mente, recreándose en el estómago, los pulmones, la piel…

La primera vez que se siente asusta un poco. Piensas: “Mierda, a esto me engancho seguro”. ¿Y cómo no hacerte adicto a la enorme sensación de libertad y creatividad, a la magia de construir e imaginar, al placer de jugar e inventar, al privilegio de contar y soñar, pero sobre todo, al honor de hacer soñar a otros contigo y de compartir tanto sentimiento con desconocidos dispuestos a dejarse arrastrar hasta perder la noción del tiempo y el control sobre sus emociones, de las que tú, si estás jugando bien, eres dueño en ese momento?

Creo que todo el mundo debería experimentarlo alguna vez y cuanto antes mejor porque, desde mi humilde punto de vista, cuanto más tiempo pasa más tiempo se están perdiendo. Claro que esta es sólo mi opinión y sólo puedo contaros mi experiencia porque no acostumbro a hablar de lo que no sé. Con el corazón en la mano, creo, sinceramente, que sólo el que no lo ha conocido puede vivir sin hacer teatro.

Teatro en escena

Teatro a escena

 Eráse una vez…

Tenía cuatro años cuando me pasó por primera vez. Supongo que llegó a mí de manera absolutamente casual y aún, en ese momento, no sabía bien lo que hacía o la repercusión que tendría en mi vida. Por aquel entonces era una manera de pasar los domingos por la tarde. Recuerdo aquellos lazos verdes en mi pelo, el vestido blanco, las canciones. Entrar en escena de la mano de mi “madre” y con más niños a mi alrededor. Era como un juego. Ya había captado la esencia y caído en las redes de su magnificencia. Ahora no recuerdo si en aquel momento era consciente o no de que tantos ojos nos miraban. Pero sí me acuerdo de que cuando llegó el final escuché los aplausos. La gente sonreía, estaba féliz… Desde aquel momento quedé ligada al teatro. No volví a bajarme de un escenario hasta muchos años después…

Fui a clase, formé parte de compañías de teatro, viajé, actúe, unas veces delante de 100 personas y otras veces delante de 3000, y os puedo asegurar que la sensación es la misma. Conseguir llegar sólo a uno de los que me regalan su tiempo y se entregan a la aventura de creer conmigo, es la mayor satisfacción del mundo.

El teatro no sólo te enseña a subirte a un escenario. Eso puede hacerlo, mejor o peor, casi cualquiera. El teatro es una filosofía de vida, es una manera de enfrentarse al día a día, a los problemas, a los demás y a uno mismo. Supongo que todo esto suena a psicología, pero es que, en el fondo, en el teatro hay mucha psicología. Hay mucho amor, mucha confianza, mucho riesgo, mucha pasión, mucho trabajo, mucha paciencia, mucha complicidad. Hay tanto de todo que es una pena perdérselo.

Entiendo el teatro como un arte puro y así he intentado practicarlo. Y con puro me refiero a limpio. Ausente de celos, competitividad, ambición y soberbia. Ausente de toda la mierda que mueve el mundo y que, hace tiempo, decidí que no salpicaría mi forma de vivir el teatro. Y trato de compartirlo con gente que lo respire así, con la libertad y el respeto que se merece.

:)       :(

🙂 😦

El teatro y yo hemos pasado por diferentes fases en nuestra relación. Y como todo en la vida, no ha sido siempre fácil. Nos hemos amado mucho, nos hemos cuidado pero también nos hemos abandonado por largos periódos a veces inconscientemente, y otras veces por necesidad. Pero siempre, siempre, siempre, he tenido y a día de hoy tengo, la sensación de necesitarle, de necesitar SENTIR, compartir y volver a construir personas e historias. En las épocas en las que no lo hago me siento más apagada, más vacia, más triste, en definitiva, más incompleta.

¿Y todo esto hoy, por qué? Entre otras cosas porque es el Día Mundial del Teatro y se merece un homenaje. Pero también porque quiero dejar claro que así como a nuestro papa y a nuestra mama no se les decimos “te quiero” sólo el Día del Padre o de la Madre, al Teatro deberíamos amarle, cuidarle y respetarle todos los días. Y digo teatro como podría hablar de arte y cultura en general. De actividades que nos enriquecen, que nos ayudan a crecer personal y mentalmente. En este país, y en muchos otros,  se tiene a la cultura maltratada u olvidada. Y no hablo de que la gente no haga obras de teatro porque la calle Gran Vía está llena de obras en cartel. Hablo de poner en marcha esas sensaciones y permitirnos vivir la vida sintiendo en todas sus facetas. El teatro como forma de vida.

Ahora… ¡cuidado!, que ya me conozco yo a los demagogos. No estoy diciendo que vivamos la vida como si fuera una obra de teatro dramatizando todo y exagerando y creyendonos lo que no somos. Por favor no nos volvamos locos ni volvamos locos al personal. Una cosa son las películas y otra la vida real y parece curioso que yo, precisamente yo que me creo que vivo en una película, esté diciendo esto. Pero no nos centremos en mí que no he venido aquí a “hablar de mi libro”. Entendamos que cuando digo “el teatro como forma de vida” es aplicar a la vida la sensibilidad que te aporta el teatro, la confianza hacía y en los demás, el esfuerzo, las ganas de superación, cooperación, aprendizaje, el amor a lo que hacemos y a quienes lo hacen con nosotros, la pasión… En definitiva, los valores. Pero no estar todo el día con el “Ay Carlos Alfredo cuánto me haces sufrir” en la boca. Dramas no, que con la vida ya tenemos suficiente. Como ya lo dijo uno de los grandes…

la-vida-es-una-obra-de-teatro

Lo dicho querido amante de mi vida, compañero de faenas y aventuras, hombro en el que he llorado y culpable de muchas de mis sonrisas… pero sin duda, amigo fiel que me has dado siempre más de lo que me has quitado: TEATRO gracias por existir y dejarme conocerte. Y tu, si tu, si nunca te has acercado ni por un momento al mundo del que te hablo, prúebalo. Puedes hacerlo solo en casa delante del espejo, en el coche o en la ducha, pero déjate sorprender… no tienes nada que perder y sí mucho que ganar. Piensa… y actúa.

Piensa

Piensa

Quien antes corría y ya no puede, habría querido ir más despacio

No sé cómo pueden despertarme tanta ternura las personas mayores. Supongo que porque en sus miradas veo una extraña mezcla de sabiduría fruto de la experiencia y nostalgia por los años que pasaron o los que quedaron atrás. Porque hacerse mayor significa ir, poco a poco, acercándose al final. Y es curioso, pero creo que la carrera de la vida es la única que no queremos ganar, la única meta que no queremos superar y la única que sabemos con total seguridad que alcanzaremos. Y así de contradictoria es la vida. Nos pasamos el día corriendo por llegar a los sitios, a veces incluso vamos más rápido de lo que deberíamos, preocupados por un montón de cosas que hoy nos parecen trascendentales pero que un día, de pronto, quizás un miércoles cualquiera, te levantes y pienses: ¿y todo aquello… para qué?

Ayer, miércoles precisamente, iba en el metro y me ocurrió algo. Perdonarme que siempre os cuente cosas del metro pero paso allí parte del día y comparto minutos con desconocidos que me regalan historias que contar.

Erase una vez…

En cuanto entre en el vagón el barrido de mi mirada se detuvo en la suya. Después recorrí su rostro arrugado, cansado y con una gran mancha negra a la altura de la nariz y el pómulo izquierdo. Respirada fatigado a pesar de estar sentado. Un traje mal conjuntado con unos zapatos viejos formaban parte de su extraño vestuario, acompañado, eso sí, de tres grandes anillos de oro. Una de sus manos se agarraba temblorosa a la barra, muy cerca de la mía. Es sorprendente como a veces las manos de un desconocido pueden acercarse tanto a las tuyas invadiendo lo que, fuera de aquella barra de metro, pueda parece el espacio íntimo y personal. Sin embargo allí todo vale. Todo se comparte.

manos que se rozan

manos desconocidas compartiendo un espacio

“Ring-ring”. Venía de su bolsillo. Con dificultad sacó un teléfono móvil que se llevó a su oído derecho donde tenía un audífono. Me recordó a mi abuelo. Y ahí la fibra tierna se disparó de golpe. 

Hablaba con alguien que le estaba esperando. Él llegaba tarde y de disculpaba diciendo que había cogido el autobús equivocado y se había perdido. Su cara empezó a tornarse en agobio y entonces pensé: “cuánto habrá corrido en su vida este señor”.

El hombre tenía ganas de hablar pero hay una especie de miedo al desconocido y una burbuja en la que todos nos metemos cuando vamos en el metro, en el autobús o andando por la calle. Es una especie de “me da igual lo que pase a mí alrededor mientras no me afecte”. Y eso no debería ser así porque nos perdemos muchas cosas, a mucha gente, muchas conversaciones interesantes.

          ¿En qué parada estamos? – Preguntó al aire el señor sin esperar respuesta mientras retorcía su cuerpo, estiraba el cuello y entrecerraba los ojos para intentar mirar, por encima de sus gafas, el cartel de la estación.

          Nuevos Ministerios – le respondí.

          Gracias. ¿y hasta tribunal cuantas me quedan?

          Gregorio Marañon, Alonso Martínez y Tribunal, le quedan tres – Le dije

Y en ese momento ocurrió algo muy bonito. Había dicho que el señor tenía ganas de hablar, pero hoy creo que era más necesidad que ganas.

          Llego tarde ¿sabe usted? Yo antes nunca llegaba tarde ni si quiera cuando estaba de novio con mi esposa. Mi esposa… que ya no está conmigo, ¿sabe usted? Se marcho hace tiempo…

En ese momento miró hacía el techo del vagón pero yo sabía que estaba mirando al cielo, como si desde allí su esposa nos estuviera viendo en ese momento. Los ojos se le pusieron vidriosos y los míos estuvieron a punto.

          Yo antes me movía más deprisa. Iba corriendo a todas partes… pero ahora ya no puedo. Ahora llego tarde y no me gusta que me esperen, prefiero esperar yo.

          Esté tranquilo – le dije. Para ese momento ya había conseguido calarme tanto como para conversar con él hasta llegar a tribunal – Seguro que llega bien.

          Si pudiera moverme como antes, pero ya no puedo… no sabe usted lo que yo era, ¡ja! casi un atleta… y ahora mire…

Aquel señor, desconocido y tan familiar al mismo tiempo porque me recordaba a mi abuelo, siguió hablando unos minutos más sobre la esposa que ya no tenía, la juventud que había perdido y la falta de agilidad que le impediría llegar a tiempo a su destino. Todo bien acompasado con mirar varias veces su viejo reloj.

“Próxima estación: tribunal”. En ese momento se levantó del asiento tan rápido como pudo y como si no hubiéramos compartido aquel tiempo se fue sin decirme adiós y sin mirarme. Me dio pena que no nos despidiéramos… le observé cómo se bajó desconcertado del vagón y lentamente se dirigió a la salida. Y ahí me quedé, una vez más absorta en mis pensamientos y preguntándome: cuánto habría corrido aquél hombre y si le habría merecido la pena.

Os dejo con un vídeo que me estremeció cuando lo vi y que cada vez que me lo pongo siento cosas diferentes, me inyecta de unas enormes ganas de comerme el mundo. Literalmente, de comerme el mundo. De disfrutar, sonreír, bailar, dejar de preocuparme y no correr tanto. Y supongo que es así porque está contado desde la anciana mirada de quien ya pasó por todo y aprovecha su experiencia para que nosotros, los jóvenes, disfrutemos de cada oportunidad que nos da la vida. Que lo disfrutéis.